Las obras de arte son siempre reflejos del pensamiento colectivo de una época determinada, y la puesta en escena de éstos ha variado cada vez que el pensamiento ha cambiado. Según el texto de Román Gubern "Frente a la escena", la difusión de la tecnología y la posible realidad virtual que ésta nos brinda ha cambiado el paradigma desde el que se mira una obra de arte. La primera característica que se le puede atribuir es la aspiración hacia el ilusionismo referencial, que volverá las representaciones icónicas como poco satisfactorias y planas, así mismo como nos ocurrió en la era del perspectivismo en contraste con la realidad que tenemos ahora, que contamos con una glotonería óptica que quiere con ansias todas las bellezas del mundo. Como primera conclusión entonces podemos decir que existe una voluntad de perfeccionamiento de la función mimética del arte cada vez mayor, ya que nuestras espectativas son una copia fidelísima de las aparencias opticas del mundo visible para engañar nuestros sentidos e inteligencia y así poder enlazarnos con la "obra" bajo un mismo sentido identitario. Es por eso que mientras más expectativas tengamos con la realidad de la obra, menor resistencia a su mensaje vamos a tener, así mismo como por el contrario, que mientras más nos opongamos a una imagen que nos identifica la resistencia psicológica será mayor.
Otra característica atribuíble al concepto de obra "real" que tenemos, está estrechamente relacionado con lo explicado anteriormente, y habla de la "unicidad" que esperamos ver cuando nos enfrentamos a una obra, donde las significaciones semánticas (los semas, sus raíces) y las emotivas (personales de cada espectador), están adheridas en su totalidad, de manera inseparable, al texto que imprime el trazo, por lo que la imagen es una convención motivada, que está unida bajo diversos significados universales de cada individuo. Pero, ¿cómo esta obra puede pasar de ser una convención a ser una manifestación espiritual individual? Al parecer es por la simbolización que tiene, donde esta unicidad hace trabajar una sustitución del ser para lograr un orden. Esto según Humberto Eco se explica indicando que la imagen icónica no se parece al objeto, sino que se parece al precepto visual del objeto.
Un ejemplo claro de lo que ocurre desde la perspectiva "realista" en sus estados iniciales, la era perspectivista en si misma, es la obra "Los embajadores" de Hans Holbein. En esta obra se encuentran dos hombres, uno de ellos de gran estatus social, y otro eclesiástico. Estos hombres están apoyados sobre una repisa que contiene diversos objetos o herramientas para todo tipo de saberes científicos, terrenales, lo que implica el paso de interés desde lo divino a lo terrenal, un cambio de época, donde los retratados en este caso quieren identificarse con el nuevo momento, y así mismo el que vea la obra entienda y pueda relacionarse con ella.
Como tercer momento de la puesta en escena, tenemos otro lado muy diferente al ilusionismo que se busca en la obra virtual que es expuesta a la actualidad, la que busca una identidad que se vea primeramente en lo simple, en lo que se ve primero, la apariencia. El mismo Lazarillo de Tormes habría tratado el tema preguntándose por qué nos asustábamos tanto cuando no veíamos en el otro a nosotros mismos; en el arte vendría siendo lo que nombramos "Imagen Laberinto". Esta imagen no dice lo que muestra o aparenta mostrar, contiene una voluntad de ocultación, es una construcción realizada para confundir con rodeos y encrucijadas donde no es tan fácil orientarse por la alegoría que ella contiene. Esta imagen se caracteríza por ser una unidad de artificios que en conjunto nos dicen algo, por lo que se puede establecer como característica primera que estas obras podrían explicarse como una imagen icónica que transmite de dos maneras simultáneas: transitiva, que representa algo con formas y colores; y reflexiva, que "se" representa representando algo.
Como ejemplo de esta perspectiva ocultista, podemos tomar la imagen que se divide en dos planos de izquierda a derecha, que indican el orden que tiene la lectura de la obra. Al lado derecho, está un hombre de espaldas mirando por una ventana, no se ve mayormente que el cielo; al pasar al lado derecho de la obra, vemos una cortina y la silueta del mismo hombre, pero esta vez traspasando su cuerpo y mostrando el mar, el resto de la imagen del hombre de la derecha. Inicialmente se puede ver esto como un juego de imagen que no se entiende mayormente, pero otra lectura puede ser que el hombre inicial que miraba la ventana no es el mismo, y se llenó del escenario que el veía, por ello al pasar al lado derecho de la imagen, sólo se ve la silueta de este llena del contenido que tenía el paisaje que el vió. Podría finalmente entenderse que este hombre se llenó de la belleza que observaba: la inmensidad del mundo representada por el mar.
Mits Cherlich habla de esto como "objetos isomorfos": cuerpos de diferente composición química pero con la misma estructura molecular e igual forma cristalina, es decir, muchas imagenes contenidas que contienen una estructura molecular (la esencia) igual, lo que quieren transmitir, y por ello logran una imagen cristalina al ser reflexionada. Estas transgresiones singularizan la representación construyendo una escena de manera diferente, caótica. Por ello podemos concluír que esta es una puesta en escena totalmente diferente a la anterior, pero con el mismo contenido universal.
Finalmente lo que se puede decir en base a estas dos formas de poner en escena lo que se desee, es que una imagen (o perspectiva artística cualquiera) es asertiva, ya que no afirma ni niega algo, simplemente son otras formas de ver un fragmento de la realidad.
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